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03 de Septiembre

El futuro que probablemente no llegaré a ver

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jun 05 | alfonso palacios. Viendo jugar a mi nieta -que aún no cumple los tres años- con esa alegría inocente propia de los espíritus puros que habitan en los niños y que alegran el corazón de quienes ya estamos demasiado lejos en el camino de la propia vida, pero que tenemos la suerte de vernos perpetuados en el amor de hijos y nietos, me fui llenando de una multitud de pensamientos, alegres algunos, tristes otros.

Del insondable bagaje de los recuerdos, me llegaron escenas alegres de mi propia infancia, cuando vivíamos en un mundo menos violento, y podíamos jugar en la calle con hermanos y amigos de nuestra edad, sin los temores que en la actualidad rodean a los padres sobre la seguridad de sus hijos; cuando no existía la amenaza constante que representa una sociedad desbocada, rabiosa, y los altos niveles de delincuencia que nos rodea.

De los juegos cándidos que practicábamos, cuando lo más que teníamos era unos patines, una bicicleta, una bola para jugar en medio de una terrible algarabía, o aquellos carritos de madera que hacíamos con las ruedas de patines viejos y cordeles. Cuando no soñábamos con la televisión, las computadoras, el internet, los teléfonos celulares, y la enorme cantidad de juguetes electrónicos que se encuentran hoy a disposición de quienes pueden pagarlos, así como tampoco imaginábamos las mil y una cosas que envenenan hoy la inocencia de niños y jóvenes.

Recordé mi adolescencia con el descubrimiento del placer de la lectura, de la música culta, de las luchas sociales que libraban jóvenes y adultos en medio de lo que sería el inicio de una de la épocas más turbulentas de la historia; y el primer amor tímido y lleno de ilusiones indefinidas hacia una vecina de la casa de enfrente. Olga, se llamaba, era rubia y con los ojos celestes, como los ángeles que ilustraban ciertos folletos de los curas del colegio, mientras yo era de pelo negrísimo y delgado como una caña.

Luego los años de universidad, llenos de descubrimientos, de retos, pero sobre todas las cosas de lo que representaba de conocimiento acerca de la injusticia que reinaba en el mundo. Cuando el abandono de la fantasía que nos daban los libros, cabalgando sobre los corceles de la teoría, nos golpeaba de frente con la dura realidad de la pobreza, la injusticia, la corrupción rampante, el ejercicio del dominio sobre los pueblos obtenido por quienes tenían a su disposición los recursos materiales y la complicidad de unos medios de comunicación que se vendían al mejor postor, abandonando el culto a la verdad.

Y cómo, a través de los años, se habían ido perfilando los trazos de lo que sería el mundo del futuro, pues me había tocado vivir el inicio de la carrera debocada de la tecnología, la transformación de los polos de poder mundiales, y así mil cosas más.

Entre ellas, la modificación del sistema social basado en la preponderancia del papel del estado fuera cual fuere la orientación o su basamento político, lo cual encierra riesgos e incertidumbres, y lo que podía esperarse de un futuro que probablemente yo no llegaré a ver.

La marcha imparable del estado hacia la configuración del "Gran Hermano" orwelliano, con todos sus avances y retrocesos, usando una tecnología de información para reforzar la vigilancia y el control burocrático sobre sus ciudadanos, y la reacción de los mismos con instrumentos tecnológicos para plantarse frente al estado y someterlo a mayor control que en otros tiempos, o utilizar los recursos de internet para formar coaliciones de resistencia o de apoyo en determinadas materias de interés social.

Sabemos que, en la actualidad, es la capacidad de intervención ejercida por actores no estatales en la red la que hace vulnerables los derechos de los ciudadanos y disminuye la aptitud del estado para protegerlos, como por ejemplo la información sobre las tarjetas de crédito, y la forma en que grupos empresariales u organizaciones criminales son capaces de interferir las comunicaciones oficiales y usarlas en beneficio propio.

La lucha que se dará por el control de la tecnología de la represión y de la violencia disponible por los estados, estará también disponible en un mercado mundial accesible a otros actores que van desde organizaciones terroristas hasta las empresas privadas de seguridad (auténticos ejércitos de mercenarios), menos controlables que las fuerzas oficiales en las acciones de violencia y represión.

El deterioro inconcebible de la madre tierra, dañada, envenenada y diezmada por las acciones del consumismo voraz de todos y las actuaciones delictivas (de lesa humanidad) de las industrias contaminantes, en donde el agua será más preciada que el petróleo, a no ser que la misma tecnología nos ofrezca medios para crearla potable mediante artilugios tecnológicos, como los que cuentan los grandes portaviones de la armada norteamericana. Las concentraciones urbanas más inhumanas y salvajes que puedan concebirse, donde todo llegará en alguna forma a ser caótico, y que verá nuestros problemas de movilidad motora actual como cosas tolerables e inocuas. Los servicios médicos privatizados, para que el sistema se encargue de eliminar la población pobre, que no podrá pagar los servicios médicos y las medicinas, y la creación de epidemias y pandemias, reales o ficticias, para lucrar a costa de la vida misma.

La posible incompatibilidad entre un sistema político postestatal y la democracia, de la misma forma que en el siglo IXX apareció la cuestión de la relaciones del estado y la democracia, y en la actualidad aparece la cuestión del control democrático de los ciudadanos sobre el estado, que han permitido, poco a poco, introducir prácticas de control, aunque todavía muy endebles y focalizadas. Y la muy posible pérdida de control del estado para solucionar conflictos, y que ello sea monopolizado por algunos actores poderosos en un escenario más amplio, de lo cual estamos viendo las primeras señales: empresas transnacionales cada vez más grandes, cuyos presupuestos, activos y uso de tecnología superan con creces los de muchos países sobre la tierra. Lo cual hace que nos planteemos la pregunta ¿hasta dónde será posible democratizar un sistema globalizado bajo el control de los grandes capitales transnacionales, que verán en ello una amenaza a sus posiciones de dominio?

Las miradas prospectivas, haciendo jugar actores en escenarios futuros con las variables más posibles, llegaban a demostrar que lo vivido, (todas las revoluciones que se habían dado durante mi corta vida: la tecnológica, la sexual, la globalización; las guerras y belicosidades interminables entre estados, intereses y creencias; las revoluciones de los fundamentalismos religiosos, siempre presentes porque están sustentados sobre la ignorancia provocada en las masas indefensas) serían terribles comparadas con los escenarios presentes.

Esas serán las características de un mundo futuro, en el que vivirán en parte nuestros hijos y ciertamente nuestros nietos, a no ser que por un milagro que superara el egoísmo humano, y las catástrofes climáticas que se avecinan, la humanidad reaccione para su propia salvación. Y mientras tanto, en el presente nos enfrascamos en discusiones y pleitos inútiles sobre cosas nimias, perseguimos a quienes no piensan como nosotros, cuando estamos en la lista de la especies en extinción.

 

 

Alfonso J. Palacios Echeverría
Lea más en la columna de Alfonso:
Gotas Amargas - El Pregón.org


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Ultima actualización ( Viernes 05 de Junio de 2009 15:06 )  

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