Nov 12 | sergio ardón. Llegué a Atlanta en aquel verano de 1954 a enfrentar el doble reto de aprender inglés en tres meses y en Setiembre iniciarme como estudiante de arquitectura en el Instituto Tecnológico de Georgia. A los 17 años, recién graduado como bachiller en el Instituto de Alajuela, llevaba en la retina la imagen que el cine de Hollywood nos traía de los E.E.U.U.; un colorido vergel rebosante de muchachas rubias y vaqueros valerosos; de zapateos y cabriolas de Fred Astaire y Frank Sinatra; de valientes soldados siempre victoriosos en sus combates, ya con indios malvados, ya con no menos malvados alemanes o japoneses. Tenía ante mí el sueño cumplido de formarme como arquitecto en el más admirado país de la tierra, el más rico y poderoso, el más feliz y democrático. La patria de Washington, de Lincoln, de Roosevelt y también de John Wayne y Ester Williams, de Gary Cooper y Ava Gardner.
En un pequeño pueblo 80 millas al sur de Atlanta llamado Milledgeville, donde debía seguir los cursos intensivos de inglés, comencé a poner los pies en la tierra y a conocer, de verdad, al gran país que tanto desconocía. Católico fervoroso como yo era entonces, recibí la primera dura evidencia cuando en la pequeña y pintoresca iglesia de madera donde se reunían para oír misa las pocas familias católicas del pueblo, me sorprendió constatar, con estupor, que en aquel pequeño espacio previsto para el coro, en una especie de balconcito se agrupaban, ataviados ellos con sus overoles azules de trabajo y ellas con sus vestidos de pequeñas flores, las dos familias católicas negras de la comunidad. Fue este mi primer contacto con la segregación racial practicada por una sociedad que se decía cristiana. Este campanazo sirvió para que bajara de la nube y pusiera atención a lo que me rodeaba.
El tecnológico de Georgia es el centro de enseñanza técnica superior del estado. Entonces era financiado con recursos estatales y subsidios federales y en él estudiaban los jóvenes que serían ingenieros, arquitectos y técnicos de alto nivel. Pues bien, en un estado donde el 40% de la población era negra, ni un solo negro asistía a sus aulas. Lo mismo sucedía con la Universidad de Georgia o con la Universidad de Emory, las otras casas de enseñanza superior de Georgia, ni un solo estudiante negro. Hombres y mujeres negras si se veían en el campus, sí, como barrenderos, jardineros, cocineros, misceláneos, todos vestidos de gris.
Atlanta era, imagino que sigue siendo puesto que no me han permitido volver, la ciudad más importante del sur de E.E.U.U., orgullosa de su vida cultural, de sus teatros, de sus cines, sus restaurantes, sus hoteles y centros recreativos. Como estudiante asistí a uno y otro lugar, sólo para constatar siempre que los ciudadanos negros no tenían entrada en ningún sitio.
La numerosa población "de color" como decían, se hacinaba en barrios marginales destartalados e insalubres, con infraestructuras propias de nuestras más olvidadas barriadas.
Julia, mi hija, nació ahí en el hospital Bautista de Atlanta, en las muchas visitas que hice a ese centro de salud, uno de los principales de la ciudad, jamás me topé con un paciente negro. No supe donde ni en qué condiciones se les atendería.
Como anécdota ilustrativa de esta grosera realidad, puedo contar como un día acompañado de otros estudiantes costarricenses, subimos a un bus de servicio urbano y Andrés Pozuelo - cito su nombre porque nos sentimos orgullosos de su gesto - se sentó atrás entre los pasajeros negros. Se rebelaba así contra la formula que obligaba a negros y blancos a viajar separados, los blancos adelante, los negros atrás. El chofer al percatarse detuvo el bus y obligó a Andrés - entre gritos e insultos - a sentarse adelante so pena de llamar a la policía y detenerlo puesto que estaba cometiendo un delito penado por la ley estatal.
Durante los años que fui estudiante en Atlanta, fueron innumerables los momentos y circunstancias en que conocí o supe de los constantes maltratos y vejaciones que sufrían los negros.
Esto en Atlanta, la más culta y evolucionada de las ciudades sureñas; lo que sucedía en otros lugares de Georgia o en otros estados era mucho peor; linchamientos, quema de iglesias, apaleos, eran comunes y se reflejaban en los diarios de la ciudad, debe decirse que con señalamientos críticos y moderadas condenas.
Pero a mí lo que más me mortificaba y dolía era el hecho vivido todos los domingos en la catedral católica de Atlanta "Christ the King" donde al igual que en Milledgeville los creyentes de tez negra se acomodaran en el coro y entraran a la iglesia por una puerta secundaria, siempre separados del resto de los feligreses. Mi iglesia de entonces, cómplice y partícipe de una política aborrecible, totalmente alejada de la prédica cristiana más elemental. Sé que las cosas han ido cambiando lentamente, pero esto sucedía apenas ayer.
Traigo a cuento estas vivencias personales porque sé que ayudarán a entender la magnitud de lo que ha pasado en E.E.U.U. El acontecimiento extraordinario que celebramos la gran mayoría de los habitantes de este planeta, la victoria electoral de Barack Obama no es un suceso casual o menor, tiene, sobre todo, para los muchos millones de norteamericanos negros un gran significado. Esto es innegable y explica la votación casi unánime, las lágrimas, los cánticos y gritos de emoción de un pueblo esclavizado primero y luego dominado y humillado de mil maneras durante siglos. Este triunfo de un hombre de sangre mixta que se asume como negro y alcanza la máxima responsabilidad política en ese grande y contradictorio país, representa una reivindicación histórica sin precedentes, labrada sobre sangre de muchos mártires a lo largo de la historia.
Martin Luther King, Malcom X y miles más anegaron con sus vidas años de lucha contra la marginación y la explotación. Esa población de tez oscura y pelos ensortijados, que vimos aparentemente sumisa y obediente, se ha puesto de pie como nunca antes y se abre paso con empuje, música cadenciosa y muchos méritos. Esto lo saludamos con optimismo y alegría. Obama puede no haber sufrido en carne propia mayor vejamen, pero conoce y es sensible a tanto sufrimiento de los afroamericanos de su país. Esa sensibilidad es nueva en un presidente estadounidense y ayudará sin duda a reconocer otras muchas manifestaciones de injusticia y discriminación que se dan ahí contra otras minorías.
Ojalá este fresco y dulce soplo que esta vez nos viene del norte anuncie una nueva era de cambio; donde las relaciones de la más poderosa nación de la tierra con los latinoamericanos y el resto de los pueblos del mundo, se monte sobre bases de respeto mutuo, de dialogo, de solidaridad, de tolerancia en un marco de multilateralismo, dejando atrás el espíritu imperial y el afán de dominación y codicia que ha caracterizado con mayor o menor intensidad la conducta de quienes se han sucedido en la Casa Blanca : hoy "Black House" como decía alborozada una joven negra en Nueva York.
Por Sergio Erick Ardón Ramírez
Fuente:
Julia Ardón
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Ojalá Obama tenga siempre presente el sacrificio de esta gente maravillosa, que al luchar por sus derechos nos hizo más humanos a todos y todas.