La nostalgia por el Puerto de Puntarenas, esplendoroso y vital con el auge comercial durante la primera mitad del siglo anterior, que fue el entorno donde habÃa nacido y pasado su infancia y su juventud, se constituyó en una persistente rememoración que fue aumentando con el paso de los años.
En la memoria de Francisco sus intensas vivencias porteñas, a lo largo de las décadas de los veinte y treinta, afloraron como grandes oleadas sus variados recuerdos conforme el tiempo fue pasando y se tornaron todavÃa más intensos, ya en los últimos años de su vida, cuando arribó a la convicción de que no volverÃa a pisar las calles, ya no tan arenosas, de su ciudad natal.
Durante el mes de mayo pasado, cuando le comenté que pasarÃa unos dÃas con mi esposa en un Hotel cercano a su amado puerto, pude captar la emoción, en la tono de su voz, con la que evocaba la primera etapa de su vida que habÃa transcurrido en aquel Puntarenas, conformado por la presencia de numerosas familias de inmigrantes, algunas provenientes de Chiriquà y otras de Nicaragua, en especial de Granada o de los vecinos cantones de la provincia de Alajuela, particularmente de San Ramón y Palmares, las que le daban un perfil cultural y étnico bastante singular, muy diferente al de la región o valle central del paÃs.
Francisco insistÃa en recordar aquellas épocas, ya un tanto lejanas, en las que su padre, don Manuel MarÃa Cedeño Quintero (1879?-1955), tenÃa una jabonerÃa en el puerto y se encargaba de abastecer de ese producto a la PenÃnsula de Nicoya y a todo el Guanacaste, a través de los servicios de la navegación de cabotaje que salÃa del muellecito, ubicado en las aguas del estero, cuyas lanchas partÃan hacia Bebedero y otros pequeños puertos del Golfo de Nicoya, durante aquellas décadas en que floreció este tipo de navegación, dentro de la que se llegó a contar con embarcaciones de gran calado como la motonave Don Fabio, en la que tuve oportunidad de viajar de Puntarenas a Golfito, a comienzos de 1954 junto mi tÃo Marcelino, cuando quien ahora escribe y narra tenÃa apenas 8 años de edad. Me decÃa mi tÃo que, con el paso del tiempo la competencia de los chinos en ese campo y
otras circunstancias terminaron por arruinar a don Manuel y entonces se produjo el ocaso, con el que concluyó el ciclo de vida de la familia Cedeño Castro en aquel arenoso puerto. Su padre y sus hermanos, entre ellos mi madre, debieron trasladarse a San José, una ciudad que al parecer nunca terminó por ser de su agrado.
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A lo largo de los últimos meses, le gustaba comentar con mi primo Humberto muchos episodios del Puntarenas de su infancia, entonces sà muy arenoso, concalles sin asfaltar y hasta insistÃa en reconocer en algunas fotos de un álbum de fotos de Gómez Miralles, la calle y el edificio donde se ubicaba la jabonerÃa que tuvo su padre. Lo cierto es que algunas facturas de la década del treinta y el hecho de que dispusieran un teléfono residencial para el ejercicio de sus actividades industriales y comerciales, constituye un buen indicador de la importancia de las actividades que emprendió aquel inmigrante chiricano, su padre, don Manuel, quien habiendo nacido colombiano, al parecer habÃa tomado parte en la guerra de los mil dÃas (1899- 1902), dentro de las filas del bando conservador que fue derrotado en el istmo, a diferencia de lo ocurrido en resto de Colombia, razón por la que vio obligado a emigrar empleando los azarosos medios de navegación de aquella época o marchando por los tupidos bosques del área fronteriza hasta llegar a Puerto Jiménez, puesto que el hoy Puerto de Golfito estaba muy lejos de ser habilitado, cosa que sucedió sólo a partir de la aparición masiva del cultivo del banano en esa región, a partir de los años cuarenta.
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También contaba Francisco acerca de las fincas que tuvo su padre allá en la PenÃnsula de Nicoya, en especial una que estaba ubicada en Cabo Blanco y otra, en la localidad de Paquera o en la de Lepanto, si mal no recuerdo y de los largos recorridos en bote, por todo el golfo, que llevaba a cabo con su hermano Marcelino, unos pocos años mayor que él. Se empeñó en recordar la abundante pesca, en especial la de mariscos y toda clase de peces, pues en aquellos tiempos si habÃan chuchecas de verdad, según afirmaba mi tÃo, las que él y Marcelino, en compañÃa de su tÃo Adán Castro, cocinaban a la parrilla y devoraban luego con gran deleite. Según me ha dicho mi primo Humberto, Francisco ha querido que una parte de sus cenizas sean finalmente arrojadas a las aguas de ese inmenso Océano PacÃfico que continuará viendo el paso de los siglos, en cuyas orillas forjó tantos sueños y esperanzas en su lejana juventud. Adiós Francisco, siempre estarás en la memoria que conservo de muchos recuerdos gratos que compartimos.
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escrito por canada goose jackor, October 23, 2011
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escrito por Gilbert Perreault Jersey, March 08, 2012
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26 agosto | Rogelio Cedeño La nostalgia por el Puerto de Puntarenas, esplendoroso y vital con el auge comercial durante la primera mitad del siglo anterior, que fue el entorno donde habÃa nacido...

















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