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Represión de la Libido y Comportamiento Social

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jun 05 | alfonso palacios. Dos sonados escándalos que han dado la vuelta al mundo, o por lo menos al mundo occidental, en las últimas semanas, tienen que ver con la iglesia católica y sus devaneos sexuales: el escándalo del Padre Cutié en los Estados Unidos, metiéndole mano de forma amorosa a su pareja sexual en un balneario; y el informe sobre abusos a menores perpetrados durante decenios en Irlanda, que cubren desde la esclavitud de huérfanos y huérfanas por hermanos cristianos, sacerdotes y monjas, hasta el abuso sexual perpetrado de forma sistemática sobre estos menores indefensos.

Por otro lado, localmente y dentro del mismo período de tiempo, se dio la aparición de dos manuales de educación sexual para niños y adolescentes, uno oficial, del Estado, y otro elaborado por la Conferencia Episcopal Costarricense, lleno de mojigaterías.

Y mientras tanto, nadie se atreve a hacer comentario alguno en los medios de comunicación colectiva, porque se considera "de mal gusto" referirse a estos temas. Es preferible mirar hacia otro lado mientras la realidad nos abofetea con los hechos comprobados, imposibles de negar.

Todo ello me trajo a la mente la obra de Karl Heinz Deschner, quien en el prólogo de su obra Historia Sexual del Cristianismo, señala que

...si bien el cristianismo está hoy al borde de la bancarrota espiritual, aquél sigue impregnando aún decisivamente nuestra moral sexual y las limitaciones formales de nuestra vida erótica siguen siendo básicamente las mismas que en los siglos XV o V, en época de Lutero o San Agustín.

Y eso nos afecta a todos en el mundo occidental, incluso a los no cristianos o a los anticristianos. Pues lo que algunos pastores nómadas de cabras pensaron hace dos mil quinientos años sigue determinando los códigos oficiales desde Europa hasta América; subsiste una conexión tangible entre las ideas sobre la sexualidad de los profetas veterotestamentarios o de Pablo y los procesos penales por conducta deshonesta..... Y con total independencia de la forma de justicia o injusticia dominante (que por supuesto es siempre la justicia o injusticia de los dominadores), la moral sexual tradicional sigue siendo efectiva, los tabúes continúan vigentes. Han sido inculcados demasiado profundamente en todas los es­tratos sociales..... La permisividad y la tolerancia siguen estando perseguidas como en el pasado; moral todavía equivale en todas partes a moral sexual, incluso en Suecia...... Aparte de a la teología, a la justicia, e incluso a determinadas espe­cialidades de la medicina y la psicología, la superstición bíblica perjudica a nuestra vida sexual, y por tanto, en resumidas cuentas, a nuestra vida.

 

Y continúa diciendo que

de San Pablo a San Agustín, de los escolásticos a los dos desacreditados papas de la época fascista, los mayores espíritus del catolicismo han cultivado un permanente miedo a la sexualidad, un síndrome sexual sin precedentes, una singular atmósfera de mojigatería y fariseísmo, de represión, agresiones y complejos de culpa, han envuelto con tabúes morales y exorcismos la totalidad de la vida humana, su alegría de sentir y los mecanismos biológicos del placer y los arrebatos de la pasión, han generado sistemáticamente vergüenza y miedo, un íntimo estado de sitio, y sistemáticamente lo han explotado; por puro afán de poder, o porque ellos mismos fueron víctimas y represores de aquellos instintos, porque ellos mismos, habiendo sido atormentados, han atormentado a otros, en sentido figurado o literal.

Por todo lo señalado es que nuestra legislación y las costumbres sociales están impregnadas de una definición moral basada en las concepciones heredadas de la dominación religiosa que durante cientos de años marcó el desarrollo de la vida social; y las luchas que tienden a corregir las deformaciones heredades: el papel de la mujer y sus reivindicaciones, la aceptación de las diferencias en la preferencia sexual, la contraconcepción, la educación sexual de adolescentes y jóvenes, para citar algunas, son titánicas, los logros mínimos, y el precio social que hay que pagar por defender posiciones contrarias enormes.

Por otro lado, una de las características más evidentes del mundo occidental actual es la espiral de violencia que se manifiesta desde un continuo estado de guerra entre naciones, hasta la delincuencia incontrolable que cubre desde el narcotráfico hasta la corrupción de los gobernantes, pasando por el mal humor, la grosería y la agresividad de los ciudadanos. Y para ello observe el comportamiento de los conductores de equipos motorizados en las calles y carreteras. Y me preguntaba si ello tenía que ver con las represiones impuestas por una moral mojigata e hipócrita, cual es la que tenemos en los países de tradición cristiana.

Lo cual me recordó que cada vez se hace más evidente que, como dice Wilheim Reich, «la energía sexual inhibida se transforma en destructividad»; que «la disposición al odio y los sentimientos de culpabilidad del ser humano dependen, al menos en su intensidad, de la economía de la libido, que la insatisfacción sexual aumenta la agresividad y la satisfacción la reduce». Esto no sólo se detecta entre los seres humanos. El propio Reich escribe: «Me informé del comportamiento de algunos animales salvajes y descubrí que cuando están sexualmente hartos y satisfechos son inofensivos. Los toros sólo son salvajes y peligrosos cuando los conducen hacia las vacas, pero no cuando los traen de vuelta. Los perros son muy peligrosos cuando están encadenados, porque se les coarta la motricidad y la distensión sexual. Pude comprender los rasgos de crueldad en los estados de insatis­facción sexual crónica. Pude ver este fenómeno en viejas vírgenes hurañas y en ascetas moralistas. Me llamó la atención, por el contrario, la dulzura y bondad de las personas genitalmente satisfechas. Nunca he visto una persona satisfecha que pudiera actuar con sadismo. Cuando el sadismo aparecía en una de ellas, se podía atribuir con seguridad a una alteración repentina que impedía la satisfacción acostumbrada».

Los pueblos con una sexualidad tolerante son más pacíficos. La investigación etnológica ha hecho observaciones parecidas. Los pueblos sensuales y con una vida sexual libre no sólo padecen menos trastornos personales y sociales, sino que también tienen menos robos y asesinatos que los pueblos con una actitud negativa hacia la sexualidad.

Por otro lado, trascendiendo del clima de violencia que se manifiesta en las sociedades occidentales a los tipos de gobiernos autoritarios que aparecen de manera recurrente, aunque estén revestidos de filosofías políticas dispares, de derechas o de izquierdas, se hacía notoria la carencia de placer y la aparición de conductas agresivas. Y sobre ello señalaba Deschenr que:

en general, cuanto más totalitario y despótico es un régimen, tanto mayor es el tabú sexual. Aunque el placer nunca es completamente desna­turalizado -eso no lo soportaría ninguna sociedad- sí es reducido al mínimo. «Atrofia las necesidades sensuales del pueblo, pero nunca con excesivo rigor» instruye el Mefistófeles de Lenau a un ministro.

Pero la represión permanente o la coartación de las funciones sensuales se trans­forma fácilmente en un sadomasoquismo latente, produce seres menos críticos y, por consiguiente, más sumisos, de los que los dominadores se sirven sin contemplaciones. Por el contrario, un pueblo con una existencia vital y alegre, una sociedad sin represiones, dada a los placeres, feliz y gozosa, es difícil de manipular y no es probable que se entusiasme por metas despóticas o por especulaciones transcendentales; quiere la felicidad aquí y ahora y siente poca inclinación por mortificarse, abstenerse, morir o aplicar estos tratamientos a otros. En cambio, el cristiano ha sido y es ejercitado justamente para esto. Porque cuando alberga más esperanza y amor es cuando más dispuesto está al sacrificio y a la muerte. Cuanto más esclaviza su propio cuerpo, tanto más fácilmente se deja esclavizar.

Por lo que he señalado, es evidente que aquel lema de nuestra juventud que decía "haz el amor, no la guerra", tenía más profundidad antropológica de la que entendimos los que éramos muchachos entonces.
La conexión entre ascetismo e inhumanidad, entre renuncia y brutali­dad, en ninguna parte ha sido tan evidente como en el mundo cristiano. Su historia está envuelta retóricamente por los ecos del Evangelio del Amor: amor a Dios, al Prójimo, al Enemigo. Todos conocemos el magnífico himno de San Pablo: «si no tuviera amor (...)» Pero no lo tiene, no lo permite; al menos en su sentido natural, sexual. Y una moral que enseña amor y al mismo tiempo lo restringe, lo pervierte, lo falsea de tal modo que contraviene los valores fundamentales de la naturaleza y la vida, una moral semejante sólo puede producir el turbio ambiente de depresiones y coacción, de dogmatismos y fanatismos, que es típico de nuestra historia.

Una moral semejante tiene que crear personas atormentadas, irritadas e infelices, propensas al resentimiento, al odio y a la guerra. Y dentro de sus filas, cobijar a pederastas, torturadores, hipócritas. Sin sexo, el ser humano ni siquiera existe. Y de la misma forma que tiene brazos y piernas para usarlos, también tiene un falo o una vagina, y no para tenerlos arrugados detrás de una hoja de parra. La persona debe calmar su instinto sexual como calma sus ganas de comer o su afán de novedades.

Porque la Iglesia no quiere que el deseo sea satisfecho: todo lo que está conectado con la paz le desagrada (su historia lo demuestra). La Iglesia incita a combatir el instinto, el hedonismo, el culto a la carne; obliga a la abstinencia y a una mortificación deformadora fuera del matrimonio y, bas­tante a menudo, también dentro de él. El «mono desnudo», que es precisa­mente el más sexual y el más lascivo de todos los primates, el «mono más sexy», debe vivir en contra de su naturaleza y en contra de sí mismo.

De modo que el cristiano, en tanto es cristiano, nunca es él mismo. En el fondo, siempre vive contra sí mismo o, dicho de otra forma, no puede «vivir»; al menos no puede llevar una vida plena desde el punto de vista sensual, una vida íntegra y elemental. Porque quien limita o bloquea su libido en contra de sus necesidades, limita su propia vida y la bloquea. Todo lo que desea de verdad no le está permitido; y todo lo que debe hacer va contra su naturaleza.

La religión cristiana ha separado al ser humano de su propio ser, lo ha escindido en dos entidades, forzándolas a una lucha permanente, y ha asentado en él una discordia y un estado de descontento permanentes, la controversia y el enfrentamiento; no ha sido la primera religión en hacerlo, pero sí la que lo ha hecho más metódica y vilmente.

En el cristianismo, lo emocional es truncado desde la niñez, lo sexual es mutilado, casi todos los deseos sexuales son tachados de malos o perversos. El Yo es difamado y lesionado, se refrena el afán de conocimientos y el desarrollo de la libertad y de la autonomía. Pero la «renuncia» ascética acaba por provocar sentimientos de vergüenza y de culpa, actos de contricción, melancolía y, a menudo, irritabilidad patológica, deseos de venganza, una disposición belicosa y persecutoria; y tendencia a la desesperación o al despotismo. El que está sexualmente insatisfecho no puede ser dichoso y muchas veces ni siquiera puede ser un individuo pacífico.

¡Cuánto mal han causado y causan los neuróticos que descargan sus tensiones psíquicas, al tiempo que atormentan a los demás con la pedantería, el doctrinarismo y el comadreo sólo porque ellos mismos fueron atormen­tados por la moral dominante! Y es que, la mayoría de las veces, el neuró­tico, en su niñez, fue educado en la pureza y la castidad. ¡Cuántos estragos ha causado la prohibición del onanismo, por ejem­plo! ¡Cuántos miedos provocó, cuántos escrúpulos, enfermedades psíquicas y crímenes! «Con mucha frecuencia, la prohibición de la masturbación constituye el comienzo de una neurosis juvenil, el primer paso de una perversión y, en muchos casos, la verdadera razón de un asesinato (...) Pero no es sólo la prohibición del onanismo; la prohibición de todas las demás actividades infantiles posibles conduce también a la frustración y al miedo a ser descubierto en caso de infracción. El miedo desencadena agresiones. Un día las agresiones dan paso al asesinato. El asesinato es, en este sentido, el sucedáneo de la «actividad prohibida» (A. Plack, «La sociedad y el mal»).

La represión del propio deseo, la violencia contra uno mismo, es demasiado a menudo la responsable de la intolerancia y la inhumanidad hacia los demás. La mortificación se venga, el impulso en la dirección equivocada busca salidas y aparecen toda una serie de conflictos sociales que van desde la insolidaridad a las catástrofes colectivas, pasando por vilezas de todo género. Más o menos insatisfecho, más o menos baqueteado física y moralmente, el ser humano se rebela. La represión sexual perma­nente, ese alejamiento del ser más vegetativo y animal (¡que, por supuesto, no excluye un alto nivel intelectual!) exigido y promovido por el clero, se convierte al final en inhumanidad, la moral del amor pasa a ser la moral del odio que, con frecuencia, no es más que un equivalente embriagador de los placeres que faltan, del gozo del que uno se ha visto privado.

 

 

Alfonso J. Palacios Echeverría
Lea más en la columna de Alfonso:
Gotas Amargas - El Pregón.org

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Ultima actualización ( Viernes 05 de Junio de 2009 14:14 )  

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