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Por fin se acaba el gobierno del miedo

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22 abril / Alfonso J. Palacios Echeverría.

Gracias a que el transcurrir del tiempo es inexorable y que sobre este minúsculo planeta todo termina tarde o temprano, se acerca el fin -al menos formal- de uno de los más tristes períodos de la historia de Costa Rica, durante el cual se implementó de forma descarada - evidente, irrespetuosa y vulgar - el "matonismo" en la forma de administrar el Estado.

Así va a ser recordado este lapso de cuatro años, durante los cuales el desprecio por la voluntad popular, la manipulación de los poderes, ¡todos, sin excepción!, la ausencia de vergüenza y decoro al manipular abierta y descaradamente la opinión pública mediante el uso de sumas multimillonarias en campañas a favor de intereses particulares, específicos y claramente identificables, ha sido la tónica cotidiana.

Ejemplos de ello sobran, y van desde el "memorándum de la ignominia" en donde se esbozaba la estrategia de la utilización del miedo que seguiría el gobierno en su actuación previa al referéndum relacionado con el TLC con los EEUU, como la prueba más irrefutable de estas actitudes y actuaciones, pasando por la manipulación de sentencias de la Sala Constitucional (esto venía desde antes de la entronización de este gobierno "matón", al hacer una interpretación espuria de la constitución de la república en el tema de la reelección presidencial, a fin de que el matón principal pudiera llegar a la presidencia. Por algo dijo que su gobierno sería una dictadura en democracia), y por el manejo a su antojo de la Asamblea Legislativa, mediante la compra de los votos de los partidos autodenominados de oposición, o el de algún "solitario" que se vendía al mejor postor.

Pero, como es mi costumbre, debemos aclarar qué entendemos por matonismo. Es una conducta agresiva y hostil que es repetida e intencional. Ocurre cuando los miembros más fuertes de una sociedad intimidan a los miembros más débiles. Cuando este problema es severo e implacable, la productividad de la sociedad como un todo puede ser afectada, la autoestima de la colectividad puede sufrir y otros aspectos de su vida pueden ser menoscabados. Pero el intimidador también tiene problemas. Su actitud puede reflejar situaciones que existen en la deformación de factores síquicos, culturales y emocionales del que lo ejerce, deformaciones que se han ido arraigando a través de los años como producto de problemas interiores no resueltos.

Lo importante es que, detrás de la actitud matona de los gobernantes, se encuentra el miedo en la ciudadanía.

El miedo ha sido, en todas las épocas, uno de los instrumentos de dominación más eficaces y contundentes. Quien inspira temor a otras personas tiene en sus manos, por lo general, un arma perversamente poderosa, que le permite imponer su voluntad sin generar resistencias u oposiciones. Las relaciones entre los hombres han estado regidas, a lo largo de la historia, por dos impulsos o movimientos contradictorios del espíritu humano: el de la libertad, que hace crecer, y el del miedo, que frena y paraliza. Este miedo puede ser muy diverso, dado que depende del uso de los instrumentos que utiliza el que busca la dominación, y va desde lo sicológico hasta la agresión física y la muerte.

El hombre libre se siente estimulado a desplegar su pensamiento y su energía personal, a defender y afianzar sus derechos, a modificar la realidad en función de sus legítimas apetencias y expectativas. El hombre que teme, en cambio, acepta dócilmente las condiciones que los otros le imponen y renuncia a contradecir a los que pretenden mandar o decidir por él. Y una de las características de los pueblos sumidos en la ignorancia es, precisamente, esa renuncia abierta. Y esta ha sido la característica más evidente en la actuación ciudadana costarricense: el miedo, el temor, la sumisión ante las amenazas hábilmente manipuladas por los gobernantes.

Cuando promediaba el siglo XX, un libro del gran pensador colombiano Germán Arciniegas logró desentrañar las claves más oscuras del proceso político latinoamericano, casi siempre turbulento y desapacible. Entre la libertad y el miedo se llamaba ese libro, que iluminó la conciencia de varias generaciones. Era un título que se explicaba por sí mismo: el autor advertía que el miedo era una de las armas de que se valían los gobernantes despóticos o autoritarios de la época para silenciar toda voz opositora y mantener sojuzgados a sus pueblos. Eran los tiempos en que proliferaban en América latina las dictaduras cerradas y hegemónicas, con exponentes tan legendarios y paradigmáticos como Trujillo, Somoza, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez u Odría, por mencionar sólo a algunos entre los más notorios.

Hoy, cincuenta o sesenta años más tarde, los métodos de opresión han cambiado significativamente en la región y el caudillismo político suele utilizar procedimientos menos traumáticos para perpetuarse en el poder. Pero, si se afina el análisis, se advierte que el miedo sigue siendo, como ayer, el instrumento preferido de muchos gobiernos para manipular, dominar o paralizar a la opinión pública. Y se suma a ello la hipocresía más acendrada, cuando se acusa y condena a matones evidentes (como Chávez y Ortega) y se oculta el matonismo sutil en el manejo del Estado, como ha sido el caso de Costa Rica bajo este gobierno que termina.

Es que hay diferentes maneras de inspirar miedo a los ciudadanos y de inducirlos a no cuestionar las decisiones políticas de los gobernantes. Se atemoriza a la sociedad no sólo cuando se imponen políticas violentas o represivas, sino también cuando se manipulan los fondos públicos con fines intimidatorios o cuando se manejan abusiva y tendenciosamente otros recursos o procedimientos no menos esenciales de nuestro tiempo, como la publicidad o la pura información, o cuando se utiliza a la dependencia de Inteligencia y Seguridad del Estado para fines para los cuales no fue creada, como se comprobó durante este gobierno que termina.

Con frecuencia se amedrenta o se presiona a los ciudadanos mediante la advertencia o la amenaza, abierta o implícita, de que en un futuro más o menos cercano pueden llegar a presentarse situaciones públicas de inestabilidad y hasta de caos generalizado si no se acatan las medidas que el gobierno considera de imprescindible ejecución (como se mencionó hasta la saciedad durante la campaña previa al referéndum, para dar un ejemplo claro). De ese modo, se logra instalar el miedo en una comunidad y se disuade a la población de cualquier intento de cuestionar o discrepar con las decisiones adoptadas desde el poder público. El miedo y la intimidación se convierten, así, en instrumentos políticos destinados a impedir que prospere todo gesto de oposición o de crítica frente a las políticas instrumentadas por el oficialismo.

El miedo político tiene, de esa manera, un claro efecto inhibitorio: anula toda actitud de rebeldía o de disconformidad. Más aún: destruye todo vestigio de creatividad individual y social, toda expresión de disenso. El miedo, en definitiva, asesina el futuro, pues es sabido que sólo el discurso racional y libre de condicionamientos conduce a la creatividad social y política proyectada hacia el porvenir.

El país necesita urgentemente restablecer la calidad institucional, afectada por esas medidas, así como garantizar la seguridad económica, recuperar el diseño de políticas de Estado y estrategias de largo aliento, mejorar la educación y promover el desarrollo sustentable. Esos objetivos serán alcanzables si evitamos que el miedo vuelva a ejercer su influencia dominante y disuasoria sobre la ciudadanía.

Los cambios que debemos instrumentar presionando a los nuevos gobernantes sólo podrán concretarse activando un pensamiento libre. Y el pensamiento libre sólo es imaginable en una sociedad sin temores. La historia está llena de ejemplos que avalan esa verdad irrefutable.

 

 

 

Alfonso J. Palacios Echeverría
Lea más en la columna de Alfonso:
Gotas Amargas - El Pregón.org

 

 

 

 

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